Ana, des de Sta. María Chiquimula

Imprimeix

Ya han pasado 16 meses desde que salí de Barcelona.

Os tengo muy presente a cada uno de vosotros y de vosotras aunque no responda a muchas cartas… Me alegra mucho saber cómo estáis.

Gracias por todo.

El tiempo sigue pasando rápido y lento, a la vez.

Empiezo a acostumbrarme a estar aquí, bueno, o al menos eso creo.

Estoy aprendiendo a moler en la piedra, como hacen las mujeres aquí (de rodillas en el suelo), claro está que yo no puedo llegar a moler el maíz, el chile pasa, guaque, la pepitoria o el ajonjolí como ellas… Aunque yo muela sin un bebé en la espalda, para mí es difícil, como tantas otras cosas que ellas saben hacer tan bien.

Cuando voy a las comunidades, intento tortear (hacer tortillas de maíz) también con las mujeres. Ellas preparan rápidamente un fuego con leña entre unas piedras y encima colocan un comal (una superficie de hierro redonda), después de poner el agua de cal en el comal, empiezan a tortear el maíz ya molido y a colocar sus tortillas en el fuego. Es una belleza ver y oír tortear a una mujer.

Hace unos días me pidieron que pintara una ab’ix (una milpa) en una tela, en tamaño casi natural. Me dijeron qué días en el calendario maya serán buenos para pintarla. Me explicaron también que las partes de la milpa equivalen a las partes de una persona, y que todo es importante. En la parte más alta crece como una cresta en forma de ramitas que se llama witzik’ (flor de la milpa), y es importante que, aunque esté en alto, no nos quedemos ahí nada más. Es bueno bajar hasta las raíces, porque están en contacto con la tierra.

Hasta el pelo de la mazorca es medicinal, se utiliza para la infección de orina.

Ahora la milpa ya tiene elotes, es el maíz tierno. Riquísimo. Según los antepasados, el maíz es sembrado por el hombre, pero es la mujer la que se come los primeros elotes. Es tan sagrado que cuando lo embolsamos y se cae un grano, ese grano nunca quedará en el suelo. Los mayas están hechos de maíz, y yo ahora, un poco también.

Recuerdo mucho la tierra donde nacieron mis padres, los campos llenos de olivos… siempre me parecieron bellísimos, pero ahora además, los siento sagrados también. Siempre estaré agradecida a Francis y a su familia por enseñarme a coger aceituna… será que estamos hechos de aceite de oliva (además de barro).

Dicen que este mes han muerto muchas personas…

El pueblo se está preparando para el primero de noviembre. En el mercado ya venden la flor de muerto, es una flor de un color que va desde el amarillo hasta el corinto (o granate). Esta flor es muy preciada, se coloca en la puerta para que los seres queridos ya fallecidos sepan que se les está esperando. En algunos lugares la flor se esparce por la vereda que lleva a la casa. Dicen que el olor guía a los seres queridos hasta la casa, y allí les espera alimento.

Yo también pondré las flores en la casa.

En unos días visitaré el cementerio, allí ya hay personas enterradas que yo he conocido. Algunos niños y niñas, un jovencito con el que conviví en un hospital sus últimos días, un hermano de Nacho (mi compañero de trabajo) que mataron en su propia casa hace una semana.

Pues nada más.

Un abrazo fuerte.

Ana